Francesc Pou: el maestro French cuelga las tijeras
El reconocido peluquero Francesc Pou, más conocido por todos como French, llevó a cabo su último corte de cabello este pasado 23 de diciembre.
Hay retiradas que no se anuncian con grandes fanfarrias… y la de Francesc Pou, el pasado 23 de diciembre en Arenys de Mar, es una de ellas. Se dicen en voz baja, como quien cierra una persiana sabiendo que la leyenda seguirá viva. La de Francesc Pou es así. Cuelga las tijeras French, creador de French Moda, una de las firmas de peluquería más irreverentes, originales y geniales de las últimas décadas. Mi amigo Francesc se queda y, además, haciendo lo que más le gusta: dedicarse a la música y a su familia.

Lo decidió a principios de 2023. Reunió al equipo y lo dijo claro, sin dramas: "Yo lo dejo, me traspaso el negocio". A partir de ahí empezaron a pasar cosas. Algunas muy ‘francescanas’. Durante meses veían a un tipo observando el salón desde la acera, midiendo horarios, clientela, movimiento. Resultó ser el ojo avanzado de un empresario chino interesado en el negocio. Hubo conversaciones, números, incluso la marca entró en juego. Todo estaba a punto de cerrarse. Pero entonces apareció la solución que tenía sentido. Míriam Vázquez, de la casa, miró a French y le dijo algo así como: "Te doy lo mismo y me quedo el negocio". Sin fuegos artificiales, pero con compromiso. Ahí French no dudó. Le dio todas las facilidades. Porque hay ventas que son traspasos y otras que son continuidades. Esta era la buena.
Nunca empujó a su hija a seguir el negocio. Cristina Pou creció viendo lo que no sale en las fotos: el IVA que aprieta, los meses justos, las aperturas con el estómago encogido, el trabajo incesante tras pasarelas, sesiones de fotos, viajes… Eligió seguir en French y dedicarse a la docencia. Decisión respetada. En casa, el oficio siempre fue libertad, no herencia obligatoria.
A Míriam, su sucesora en el salón renombrado como French Club de Bellesa, le dejó un consejo que vale más que cualquier manual de gestión: cuida a los peluqueros. Mantén el prestigio, el servicio, la calidad, la manera de hacer. La entrega y la preparación. Amén.

A French lo conocí al principio de mi andadura como reportero peluqueril. Hace la friolera de 30 años, jaja. Mi primera entrevista con él apareció publicada en el número 3 de la revista C&C Magazine, lanzada en noviembre de 1996. En el artículo dábamos cuenta de su éxito en Cosmoprof Barcelona, donde triunfó con su show Intergalactic Tour 96… ataviados él y su equipo como astronautas. La cosa prometía. Entre las muchas reflexiones que me compartió, una dedicada a los jóvenes que entran en la profesión: "Deben tener en cuenta que no se trata sólo de cortar el cabello o de hacer un tinte, sino también de usar la psicología, de saber qué necesita cada persona y de no perder de vista el sentido común". Mis dieces.



Ahora, 30 años después de aquel viaje espacial, el tiempo se abre. Francesc elige ser abuelo, que le entusiasma. Y elige la música, esa vieja pasión que viene de lejos. De cuando decía que quería ser Beatle. A los doce ya montó un grupo, Els Rangers, sin saber tocar, como se empieza casi todo lo importante. Estudió, volvió a estudiar y hoy se permite tocar con amigos y hacer bolos. Y es que la vida, cuando se alarga bien, acaba dando tiempo a todo.
La peluquería apareció antes que la épica. Acompañando a su madre al salón de Teresa Doy y Rosa Bas, en el carrer d’Avall. Rulos, espera, curiosidad. Un cartel buscando aprendiza. Y la pregunta de su madre: "¿Y no puede ser aprendiz?". Así empezó, los veranos, por veinticinco pesetas y las propinas. Luego vinieron otros salones de la costa. El gran giro llegó en Barcelona, en casa de Lluís Llongueras. En Can Llongueras, donde estuvo 7 años, fue otro planeta: técnica, estructura, rulos de colores, olor a laca y una visión que iba más allá del espejo. Formó parte del primer Equipo Creador Llongueras, recorrió mundo, conoció la moda, la noche, aquella Barcelona de Bocaccio y la gauche divine. Aprendió mucho. Lo disfrutó más.
Y sí, llegó Salvador Dalí. A través de un amigo. Amistad, invitaciones al Ritz, un día el encargo de cortarle el pelo "a la moda". Y la frase que se quedó para siempre: "Sé siempre original". Técnica por un lado, originalidad por el otro. French entendió que no había que elegir.



Nunca se sintió una estrella. Más bien ese niño al que le abren las puertas del glamour pero prefiere sentarse en la cocina. Innovó, creó, viajó, pero siguió siendo aquel chico inquieto de Arenys de Mar. En el 77 abrió French Moda en Mataró. Whisky y dulces para los clientes. Una revolución. Luego Arenys. Dos salones a la vez, colaboraciones sin fin, más de seiscientas, cientos de espectáculos. Una locura sostenida por oficio.
¿Y el nombre? French surgió casi por accidente, en Italia, por culpa de una modelo americana que no acertaba con Francisco ni Francesco. Se enfadó y dijo "French". Y así se quedó.
Y ya que hablamos de locuras bien entendidas, no puedo cerrar sin acordarme de aquella del cambio de milenio, a finales de 1999, cuando French se metió hasta el fondo en una de esas aventuras que solo aceptan los que no saben estarse quietos. En plena cuenta atrás hacia el año 2000, con Barcelona mirando al cielo y al calendario a la vez, Comediants montaron aquel recordado reloj vivo en la fachada de la Casa Milà. Cada día, a las doce en punto, los seres del tiempo devoraban una fecha más del milenio que se acababa. Y ahí estaba French, firmando las pelucas y los bigotes de esos personajes imposibles, peinando la última locura colectiva antes del 2000. Mientras medio mundo hablaba de ordenadores que se colgarían y del fin de todo, él estaba preocupado de que cada ‘comediant’ tuviera el volumen justo y el gesto adecuado. Muy French. Muy de oficio. Muy de entender la peluquería como espectáculo y como cultura.

Por eso, cuando ahora cuelga las tijeras, uno no piensa en un final, sino en una escena que se apaga despacio mientras el público sigue aplaudiendo. French se va a tocar sus canciones, a hacer de abuelo y a seguir escribiendo su propia historia. Nosotros nos quedamos con sus creaciones, sus shows, sus inspiradoras locuras y la certeza de que, si algún día hay que volver a peinar el tiempo, él sabría exactamente por dónde empezar.
