Club Fígaro y la ambición por dignificar un oficio
Desde hace diecisiete ediciones los Premios Fígaro no solo celebran el talento, sino que han construido algo mucho más profundo: una conciencia colectiva de lo que significa ser peluquero en España.
Desde su presentación por todo lo alto en Madrid en 2009, los Premios de la Peluquería Española, organizados por el Club Fígaro, han convertido la ambición en método, la creatividad en relato y el orgullo profesional en bandera. Y eso, en una profesión que vive con las manos pero también con el alma, no es poca cosa. Ayer por la noche, mientras cerraba el directo de Instagram para Salon Space con mi admirada Felicitas Ordás, presidenta del Club Fígaro, pensé en algo que no siempre decimos en voz alta. Los Premios Fígaro no nacieron para repartir estatuillas. Nacieron de la ambición de colocar a la peluquería española en el lugar que siempre mereció.
Ayer recordamos los dos cuando el gran Mikel Luzea empezó a verbalizar esa idea casi utópica de crear unos premios de peluquería en España que estuvieran a la altura de los grandes referentes internacionales. Sonaba ambicioso. Sonaba casi loco. Pero había algo más fuerte que cualquier duda: visión. Y por eso muy pronto, grandes profesionales de la peluquería española se sumaron al proyecto y crearon juntos el embrión de lo que pronto sería bautizado con el sugerente nombre de Club Fígaro, la asociación organizadora del certamen.
Diecisiete ediciones después, mientras en otros países con mayor músculo económico nacían y morían proyectos similares, en España los Premios Fígaro no solo se han consolidado, sino que están más fuertes que nunca. Y eso, en un sector tan cambiante, es toda una victoria.

Elevar la peluquería, no solo premiarla
Lo que siempre me ha fascinado de Fígaro no es solo la gala. Es lo que ocurre antes. Porque decidir llevar a cabo una colección fotográfica no es un capricho artístico. Es estrategia. Es equipo. Es inversión. Es autoestima. Es ilusión, Lo he visto durante años: salones de ciudades pequeñas que, gracias a participar, pasan de ser "la pelu del barrio" a convertirse en referentes locales. A darse a conocer en su provincia. A que se les respete en toda España. Y a que se les reconozca a nivel internacional. Ayuntamientos que reciben a sus peluqueros como si fueran deportistas olímpicos. Medios generalistas hablando de tendencias creadas en un salón de 80 metros cuadrados. Eso no es solo un premio. Eso es convertirse en referencia y cambiar tu estatus profesional.
Cuando Felicitas me decía anoche que "muchos peluqueros agradecen hoy a Fígaro haber sido su trampolín", no hablaba desde la épica. Hablaba desde la experiencia de tantos años al frente de la junta directiva del Club Fígaro junto a Alfonso Martínez, Jorge Cáncer, Víctor Alonso y Mikel Luzea. Y es que, echando la vista atrás, hay no pocas carreras internacionales que empezaron con una colección de peluquería enviada a los premios casi con vértigo.
¿Lo mejor de todo? Que el sistema está abierto a todas y todos. Estudiantes, jóvenes profesionales, profesionales que defienden la peluquería comercial, especialistas en barbería y peluquería masculina, mentes creativas que aman la vanguardia, incluso peluqueros que experimentan con la inteligencia artificial. Hay categorías para todos ellos. Esto no es un club exclusivo ni unos premios excluyentes. Es una estructura que invita a crecer.
Los jóvenes y esa electricidad en el backstage
Si hay un momento que nos reconcilia con todo es el backstage. Tanto Felicitas como yo hemos estado en muchos. Y lo decimos claro: pagaríamos por entrar. El backstage de los Fígaro es especial, casi diría que único en el panorama de las competiciones de peluquería a nivel global. Lo dicen y lo remarcan todos los invitados internacionales cuando vienen a la gala de los Premios de la Peluquería Española: el sentimiento de comunidad que se siente y se respira en el backstage de los Fígaro es algo muy especial. Son profesionales que compiten entre ellos. Sí. Pero se ayudan. Se abrazan. Se reconocen.
Eso no es casualidad. Se ha construido durante años. Se ha cuidado, se ha mimado y es un orgullo para todos los que formamos parte de Fígaro.
Y luego, claro, están los jóvenes. Ver a chavales de 20 años con las manos temblando, pero con una determinación que ya querrían muchos ejecutivos, es algo que emociona. Escucharles hablar de cortes y colores, de texturas, de inspiración. Esa electricidad no se fabrica. La categoría de Estudiante del Año, estrenada en 2023, ha sido uno de los grandes aciertos de los Premios Fígaro. No porque sea preciosa, que lo es. Sino porque lanza un mensaje muy potente: "Tu talento nos importa desde el minuto uno: esta profesión es para ti y estamos aquí para apoyarte".
En un momento en que encontrar vocaciones es complicado, generar ilusión es casi un acto de responsabilidad. Y Fígaro lo hace sin paternalismo. Les exige. Les pone foco. Les da escenario. Eso marca, impulsa la profesión y crea escuela.



Fígaro Street: sacar la peluquería a la calle
Cuando nació Fígaro Street hace un par de años, algunos no entendieron muy bien de qué iba. "¿Otra pasarela?". No. Como nos contaba anoche Felicitas en el directo de Instagram, se trata de un movimiento estratégico. Durante años la peluquería artística se quedó encerrada en códigos muy internos. Maravillosos, sí, pero internos. Fígaro Street rompe eso. Habla de la peluquería que pisa la calle, que dialoga con la moda, con el maquillaje, con la cultura urbana. Y, sobre todo, intenta algo que me parece clave: acercarse al consumidor final para inspirarle, para elevar el valor de los peluqueros, para decirle: "Esto es lo que se va a llevar la próxima temporada".
Que un día alguien compre una entrada para ver tendencias de peluquería con la misma naturalidad con la que va a una fashion week. Eso cambiaría la percepción social del oficio. Nos colocaría donde siempre debimos estar: en la conversación cultural. No es inmediato. Llevamos apenas dos años. Pero el hecho de que medios no profesionales ya citen estas iniciativas "es una señal muy positiva", afirma Felicitas. Se está ampliando el foco.
Hay una frase que Felicitas repite mucho y que me gusta: "Soy peluquera". Así, sin matices. Porque todavía arrastramos cierta timidez social. Parece que hay profesiones que se anuncian con altavoz y otras en voz baja. Y, sin embargo, pocas requieren tanta formación continua, tanta inversión, tanta psicología, tanta capacidad de adaptación tecnológica. La inteligencia artificial podrá generar imágenes espectaculares. Pero no podrá sustituir el tacto. El contacto. Esa conversación íntima que ocurre frente al espejo. Fígaro, en el fondo, no celebra fotos. Celebra esa dignidad.



Diecisiete ediciones y una visión que sigue creciendo
Podríamos hablar de fechas, de inscripciones, de jurados o de patrocinadores, como el sponsor principal Revlon Professional, o las firmas colaboradoras Salón Look IFEMA Madrid, Artero y Salon Space, además del apoyo de los principales medios de comunicación del sector. Todo eso suma mucho. Todo eso es muy importante. Pero lo verdaderamente atemporal es otra cosa: Fígaro se ha convertido en una plataforma de ambición colectiva para la peluquería española.
Nos obliga a mirarnos con altura. Nos empuja a documentar lo que hacemos. Nos conecta con aquellos lugares donde se dictan las tendencias como Londres o París. Y al mismo tiempo nos recuerda que desde un pueblo o una ciudad pequeña también se puede influir globalmente.
Sobre todo, Fígaro nos da algo que no tiene precio: una plataforma para crecer y para contárselo al mundo. Porque una profesión que no crece se va muriendo cada día un poco más y un oficio que no sabe comunicar lo que hace y lo que aporta acaba siendo invisible. Por eso, ahora, cuando en cualquier lugar del mundo reconocen el nombre de Fígaro y lo pronuncian con admiración, uno entiende que aquella audacia inicial no era exceso de optimismo. Era conciencia de lo que somos capaces de hacer cuando decidimos creérnoslo.
Visita la web de Club Fígaro para más información y saber cómo participar: www.clubfigaro.com

