Peluquería, propósito y Bali: la otra obra de Rob Peetoom
La historia de Rob Peetoom es la de uno de los peluqueros-empresarios con mayor éxito de nuestro sector, con salones en tres continentes y un legado que va más allá de la peluquería.
Conocí al icónico Rob Peetoom hace dos décadas, cuando nuestros caminos se cruzaron por primera vez en los recordados Global Salon Business Awards, donde ambos formamos parte del equipo de jueces de la competición. Un contexto donde se dieron cita los más grandes peluqueros de nuestra era y en que el amor por la profesión, el glamour y el éxito empresarial inspiraron a miles de profesionales en todo el mundo. Por aquel entonces no había tratado a Rob más que en algunos encuentros de Intercoiffure Mondial, pero había algo en su manera de entender la peluquería que me impactó profundamente.
Hace un par de años tuve la oportunidad de visitar sus increíbles salones y su escuela en Bali. La escuela acababa de abrir. Y lo recuerdo bien porque no era una inauguración al uso, de esas que se olvidan al tercer canapé. Había una energía distinta. Más real, más honesta. Allí no se hablaba de tendencias ni de colecciones de temporada. Se hablaba de futuro. De oportunidades. De jóvenes que venían de distintos puntos de Indonesia con una idea muy simple… aprender un oficio que les permitiera cambiar su vida.
La fundación Widya Rikma Nawasena, con la que Rob impulsa este proyecto, no está para adornar el relato. Está para hacerlo posible. Y eso se nota en los detalles. En cómo seleccionan a los estudiantes. En cómo les acompañan. En cómo entienden que enseñar peluquería no es solo enseñar a cortar o peinar, sino enseñar a sostenerse y soñar con una vida mejor.

Recuerdo que, caminando por las instalaciones de la escuela, Rob me dijo algo que se me quedó grabado: "Si les das el entorno adecuado, las herramientas correctas y alguien que crea en ellos, el talento aparece". No lo dijo como eslogan. Lo dijo como alguien que ha visto pasar más de 60 años de profesión por sus manos y ya no necesita convencer a nadie.
Porque aquí está la clave. Esto no va de filantropía de escaparate. Va de devolver. Él mismo me lo dijo, sin rodeos: "Después de toda una vida en esta industria, sentía que tenía que devolverle algo real". Y lo ha hecho a su manera. Con estructura, con exigencia, con estándares altos. Nada de rebajar el nivel por tratarse de un proyecto social. Al contrario. La escuela ofrece becas completas, herramientas profesionales, formación práctica, mentoría. Y algo que muchas veces olvidamos mencionar. Dignidad. Porque cuando un chico o una chica entra allí, deja de ser "alguien con dificultades" para convertirse en futuro profesional. Y eso cambia la mirada. La suya y la de su entorno.
“Esta escuela es mi forma de devolver mi éxito a la comunidad, especialmente a aquellos que no hubieran tenido la opción de triunfar sin esta oportunidad”, me compartía emocionado. “Un peluquero aquí puede ganar hasta tres veces el salario mínimo. Eso marca una gran diferencia en sus vidas y en las vidas de sus familias. Se trata de crear un efecto dominó de cambio positivo“.

ROB PEETOOM Y UNA GALA ÚNICA
Ahora, todo ese proyecto toma otra dimensión con la Skills for Life Foundation Gala Dinner en Bali. Y aquí es donde la historia conecta con el presente. Una gala no es solo una cena. Ni siquiera es solo un evento solidario. Es una declaración de intenciones. Un hair show protagonizado por los propios alumnos, un desfile de Arturro, música en directo, una subasta… todo pensado para algo muy concreto: conectar a la industria con una realidad que muchas veces queda lejos de los focos.
Cada entrada ayuda a financiar directamente la formación de estos jóvenes durante un año. Y aquí es donde la frase cobra sentido: una noche, un estudiante, toda una vida de impacto. Puede sonar redonda, incluso demasiado perfecta. Pero después de haber estado allí, de haber mirado a esos chicos a los ojos mientras aprendían a sujetar unas tijeras con precisión casi quirúrgica, te aseguro que no es marketing.
Rob siempre ha sido un tipo elegante. En el escenario, en el negocio, en la manera de construir marca. Pero lo interesante es que ahora esa elegancia se ha desplazado hacia otro terreno. Menos visible, quizás. Pero muy necesario. Y yo, que lo conocí cuando todo esto aún no existía, no puedo evitar pensar que, en el fondo, este era el destino natural de su historia. Y porque, a veces, la peluquería –la de verdad– también va de eso: de cambiar vidas sin hacer demasiado ruido.
