Sería genial… en el mundo de la peluquería
Sería genial que algún día todos los que vivimos en este maravilloso planeta de la peluquería entendiéramos la profesión de mil maneras distintas… pero la respetásemos por igual. Que comprendiéramos que se trata de algo demasiado importante como para no defenderla con el empeño que se merece.
Sería genial que los primeros que la valorásemos fuéramos nosotros mismos –todos–, porque esperar a que lo hagan los demás no le funcionó nunca a ninguna otra profesión. Y mientras tanto, aquí seguimos, a veces regateando nuestro propio valor como si no supiéramos lo que tenemos entre manos.
Sería genial que todos supieran que el poder transformador de un profesional de la peluquería no va solo de lo que se ve en el espejo. Va de lo que pasa en el interior de cada persona, cuando alguien sale por la puerta con otra cara y, muchas veces, con otro ánimo. Eso no cotiza en bolsa, pero sostiene más de lo que parece. Eso es precisamente lo que no tiene precio.
Sería todo un detalle que cada buena palabra, cada halago que un cliente recibiera por su nueva imagen, cada “me encanta cómo te queda” viniera acompañado de algo básico: respeto. Respeto por el tiempo de su peluquero como si fuera el suyo propio, no llegando tarde ni cancelando injustificadamente una visita en el último momento. No se trata de imprevistos simpáticos, en realidad son faltas de consideración. Y ya está bien de aceptarlas.
Sería genial entender, de una vez, que cada estilo tiene un porqué. Que criticar lo que no compartimos no nos hace ni más listos ni mejores que nadie. Pero claro, vivimos en la era donde hacer de menos a los demás es un pasatiempo universal, el odio es moneda de cambio habitual y a sus anchas sigue campando el hater profesional, ese que opina de todo sin juzgarse nunca a sí mismo. Pero mire usted, el auténtico valiente –aunque escasee– sigue siendo el que empieza por mirarse en el espejo propio.
Sería fantástico que aceptáramos –no de boquilla, sino de verdad– que en esta profesión no se deja nunca de aprender y que pensar que uno ya lo sabe todo es andar hacia atrás. Ah… esa peligrosa sensación de “ya lo sé todo, esto ya lo he visto, esto ya lo hice”. El tipo de frases que suelta el primero en quedarse en fuera de juego… aunque tarde en notarlo o ni llegue a enterarse.
Sería genial que todos los que no agarramos la tijera –medios de comunicación, firmas comerciales, distribuidores, ferias del sector…– entendiéramos que en esta película nosotros somos actores secundarios. Que los protagonistas principales son las peluqueras y los peluqueros y que si el resto no trabajamos para ellos, esta profesión no tiene ningún sentido. Así de simple.
Sería bueno aceptar que no todos servimos para lo mismo, pero que igual todos sumamos. Que unos pocos brillan creando estilos que asombran al mundo, otros destacan en el backstage, hay quien peina a celebridades, algunos se distinguen como educadores… y muchos, muchísimos, aunque no estén debajo de los focos, convierten cada día su salón en un pequeño gran templo de la belleza, donde obran milagros a diario.
Sería genial empezar cada día con una sonrisa en los labios, sabiendo lo que quizás pocos saben, y es que no todos tienen la suerte de vivir de un oficio capaz de hacer felices a tantas y tantas personas. Y eso, aunque algunos se empeñen en olvidarlo, no es precisamente poca cosa.
